Volver a marchar

Por: Sebastián Quiroga


Llevaba años sin marchar un 1ero de mayo. Unas veces porque el 1ero de mayo se cruza la Filbo, y entonces por La Fogata estaba los 15 días en la Feria, y luego porque ya no estuve más ni organizado ni marchando. Este primero de mayo de 2026 volví a marchar, con la gente de la Asociación Colombiana de Comunicación Popular (ACCOP) y otros amigos y amigas, la gente con la que más cercanía vital y política conservo. La jornada completa fue un reencuentro con los últimos 20 años de mi vida, y creo que de la vida de una generación, porque la nostalgia no fue sólo mía.

El primero de mayo no es solamente la marcha más consagrada de las organizaciones sociales y los sindicatos en el país, y de la izquierda en general, en el mundo. En cada parte es una radiografía del estado de las organizaciones y del movimiento social y sindical, y de la organización de la gente en general. Habla de cómo está el movimiento social en cada ciudad y, por extensión, de cómo está la política en el país. Estuve en muchos primeros de mayo y volver años después, me hizo ver los contrastes: lo que hay, lo que dejó de haber, lo que apenas empieza, lo que crece. Eso me dio ganas de escribir.

Lo primero que se nota es lo que falta. Hace diez o quince años, el primero de mayo en Bogotá era el desfile de los grandes bloques: la CUT, las CGT, la CTC, el Congreso de los Pueblos, la Marcha Patriótica, cientos de personas, a veces miles, que ocupaban cuadras enteras; eran los grandes actores del movimiento social. El viernes esos bloques, en la dimensión que tenían, ya no estaban. Lo que vi fueron parches y grupos más pequeños, más diversos; en muchos casos, casi todos, gente que viene de aquellas plataformas y hoy se organiza desde otras formas y entendimientos. Viejos parches que cambian en nuevos parches, y suman gente de viejas distintas orillas políticas. 

Podría ser visto eso como debilitamiento. También es cierto que las plataformas grandes cumplieron una función en su momento histórico y su retroceso no es el final de la organización; puede ser su redistribución, y asistimos parece por fin, a un nuevo escenario de recomposición y reagrupamiento, al cual en todo caso hay sectores y personas contribuyendo hace años, impulsando nuevas formas políticas para mantener viva la chispa organizativa. La ACCOP misma es un ejemplo, y hay otras. La política organizada no se acabó; se reacomoda. Y donde algunos ven dispersión, podría surgir una capacidad nueva de combinar acción política con vida cotidiana sin que la militancia consuma todo lo demás. Qué capacidad tendrán de sostener en el tiempo y de ir definiendo el relieve del nuevo mapa político, son algunos de los desafíos estratégicos que enfrentan estos nuevos grupos, y los siguientes que nazcan, que nacerán.

Lo segundo que se nota es lo que crece. Hace una década, la presencia de sectores que se identifican con comunidades indígenas, particularmente muiscas, era marginal en la marcha. El viernes estaba en todas partes: ropa, música, símbolos, bloques colectivos de jóvenes que asumen la identidad indígena como horizonte cultural y político. No es solo un fenómeno simbólico: Bogotá tiene hoy miles de personas autorreconocidas como muiscas, los cabildos de Suba y Bosa están reconocidos como autoridades tradicionales por el Ministerio del Interior, y la cultura muisca pervive activa en municipios como Cota, Chía y Sesquilé. Lo del viernes es la cara visible de un trabajo largo: recuperación de la lengua, de prácticas ancestrales, de la chicha, de las papas diversas y la quinua. Bogotá, que tantas veces es imaginada solo como capital administrativa, lleva tiempo aprendiendo a leerse como territorio con memoria propia. 

Lo tercero es el clima. La marcha de los trabajadores en Colombia fue, durante años, sinónimo de tensión: el viejo ESMAD (hoy UNDMO), pintas, gases, tropel seguro. La del viernes, y seguro los últimos tres primeros de mayo, han sido otra cosa. La fiesta de los trabajadores, en Bogotá, pasó de ser una batalla a ser una fiesta y un carnaval. Hay un gobierno que no solo no reprime a la clase trabajadora, sino que, además, se esfuerza por ampliar sus derechos, y mejorarle sus ingresos.

Lo cuarto es la nostalgia. La jornada terminó, en mi caso, con un concierto de la Severa Matacera en la Perseverancia. La Severa se hizo conocida hace veinte años, justo cuando yo me graduaba del colegio, y su estribillo más coreado decía que nada nos va a detener cuando la gente se pare. Mientras veía la gente poguear, vi pasar estos veinte años: veinte años de organizaciones, colectivos, marchas, congresos, tensiones, derrotas, carnavales, peleas y reencuentros. Fue una manera de medir el tiempo. Veinte años de músicas que han interpretado los sueños de una generación. Pocas cosas dicen tanto sobre la continuidad de un proyecto como esa: que las canciones de hace veinte años aun retumben porque están acompañadas por 20 años de amor y de guerra.

¿Qué saco de todo esto, si lo pongo junto? Que el momento político del país habla de una recomposición silenciosa que viene andando hace años: parches pequeños que organizan donde antes organizaban grandes bloques, identidades culturales que se ensanchan, y la calle siendo de nuevo, como siempre, escenario de construcción de comunidad, de memoria y acción política que vive y palpita. La marcha, por sí sola, no anticipa resultados electorales — sería ingenuo leer medio millón de personas en la calle como humor mayoritario de un país de cuarenta y ocho millones. Pero sí confirma una sensación que viene dándose por otros canales: la última encuesta, el repunte de la campaña, el ánimo de quienes la trabajan. 

Lo que esa convergencia nos dice, sobre todo, es que la primera vuelta —que al inicio de la campaña parecía lejana— hoy es un escenario reñido, posible, en disputa. Y precisamente porque está reñido, lo que cada quien hace importa. Vuelvo a marchar con la convicción de que volver a juntarse y volver a organizarse es la tarea porque sin ella no hay manera de profundizar el proyecto de cambio, de democracia y de paz que está en disputa. Ganar en primera vuelta no es una apuesta triunfalista como dice el mismo Iván Cepeda: es la posibilidad real que tiene un país que no ha dejado de organizarse y que va aprendiendo a articular organización social y disputa electoral dentro de un mismo proyecto de cambio. Es en partidos reñidos como este donde la voluntad, la convicción y el esfuerzo adicional marcan la diferencia.

 

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